María Zalea, un siglo de vida

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Foto: Manolo González.

Nació en 1919 en Casares, Málaga, y es vecina de San Martín del Tesorillo desde 1941. María Valadez Ramos, conocida en el pueblo como María Zalea, éste último por el apodo de su marido, presume de haber cumplido cien años en un estado inmejorable, tanto físico como sobre todo mental. Fuerte de cuerpo, de mente y de espíritu, esta centenaria vecina lleva grabada en su piel un siglo de historias y miles de anécdotas. Su lema: “poner siempre ánimo a la vida”.

Buscamos la casa de María Zalea y preguntamos a una vecina. “Es esa de ahí. Está deseandito. Os está esperando”. Tocamos el timbre y nos abre la puerta al segundo. Nos recibe con una sonrisa de oreja a oreja y con un aspecto fabuloso.  Nadie diría que tiene cien años; “cien años y cuatro meses”, como nos corrige en todo momento. Está preciosa. Ella es coqueta, pero es que nos confiesa que hoy además se ha preparado especialmente para recibirnos. Está entusiasmada y lo primero que nos enseña es su patio, sus flores. Pero pronto el calor nos invita a pasar al salón. Alrededor de una mesa camilla, anonadados por su vitalidad, escuchamos sus cientos de aventuras.

En todo un siglo ha debido de cambiar mucho la vida. “Muchísimo. A los jóvenes de ahora os contamos todo lo que hemos pasado y es que no os lo creéis. Mi vida la verdad es que ha sido buena. He tenido una juventud buena. Mi madre falleció cuando yo tenía nueve meses así que a mí me crió mi abuela. Ella me lo enseñó todo, a coser, a bordar, a hacer de todo”, explica y encima hasta nos lo demuestra. Zalea coge su caja de encaje de bolillos, se excusa por tener que ponerse las gafas y nos enseña su habilidad con el hilo. “Esto tiene mucho meneo”.

“La juventud de ahora también es muy bonita. Me encanta cuando veo a las muchachas con sus collares, sus falditas, sus tacones, entrando y saliendo con tanta libertad”

“Mi vida cambió cuando saltó la Guerra Civil. Ahí lo pasó mal todo el mundo. Mi padre y mis hermanos (ocho, de los que hoy viven sólo dos) fuimos corriendo, huyendo, a Estepona, después a San Pedro y Marbella. Yo iba cosiendo por las casas a cambio de comida”. Cuando terminó la guerra se instaló en La Línea para trabajar en la casa de una familia pudiente pero que se acabó trasladando a Madrid. “Me dijeron que me fuera con ellos. Pero yo tan lejos no me quería ir. Me fui con otra familia rica a Málaga. Era gente muy buena. A mi padre lo metieron preso y, aunque en aquellos tiempos no se podía hablar, un día se lo conté a los señores y me ayudaron para que lo viera. Fueron muy buenos. Ellos también volvieron a Madrid y yo ya regresé a Casares. Como no tenía trabajo me vine a Tesorillo con una amiga para trabajar en el arroz, en el campo”.

Aquí conoció a su marido, Francisco Sánchez González. Un tesorillero guarda de naranjas con el que construyó su casa, su hogar y su familia. Una familia que hoy suma un hijo, tres nietos y tres bisnietos. “Mi boda fue preciosa. Mi padre se peleó conmigo porque yo me escapé con mi marido y aquello entonces era una deshonra. Fuimos a la iglesia el padrino, la madrina y los novios. Se acabó. El traje me lo hice yo, era azul y llevaba los zapatos negros. Fuimos muy felices aquí en Tesorillo. Mi marido trabajaba en el campo y yo me dedicaba a coser y bordar a máquina”. Así tiraron hacia adelante, siempre juntos, hasta que Francisco falleció hace catorce años.

El testimonio de María Zalea no sólo nos recuerda la dureza de aquellos tiempos, sino que, además, a pesar de todo, entonces se era feliz con muy poco. “Éramos felices, aunque no había mucho que comer. Comíamos habichuelas, arroz y leche. Eso era lo poco que se comía. Yo dormía en una colchoneta en un pajar y era feliz. Hoy en día no se aprecie realmente la abundancia que hay de todo”.

Su oficio y ocio siempre ha sido la costura, el corte y la confección. Le gusta hacer ganchillo, crochet, bordados a mano y a máquina. Incluso llegó a impartir clases de bordado en su casa. Y es que a ella nada le frena. Su mente y espíritu joven no le permiten estar quieta. A los 85 años se interesó en ir a clases y mejorar su técnica para hacer encaje de bolillos. Hoy, a sus cien años, hace su propia compra, cocina y se relaciona con el resto de sus vecinos.

“me fui con otra familia rica a málaga. Era gente muy buena, a mi padre lo metieron preso; aunque entonces no se podía hablar, un día se lo conté a los señores y me ayudaron para que lo viera”

También hace manualidades. “Hago pendientes, collares y pulseras para mi familia. Estoy todo el día haciendo cosas. Me encanta. Nunca paro”, añade. Es coqueta. Siempre lleva un poco de tacón, va a menudo a la peluquería y le atiende una esteticién a domicilio. “Me gusta arreglarme. Las personas mayores se tienen que arreglar”.

¿Cuál es el secreto? Nos explica que come muy poco. “Si os cuento lo que como no me creéis”. Como dice ella, come “lo que preciso”. Todos los días se bebe un vaso de naranjas de Tesorillo. Por la mañana desayuna café migado, almuerza algún guiso de patatas o emblanco, “pero poquito, lo que me apetece”, y ya no come más hasta la noche, cuando cena pan tostado con jamón y un descafeinado.

“¿Cual es el secreto? Como lo preciso: un vaso de naranja de Tesorillo, café migado, algún guiso de papas o emblanco para almorzar y, a la noche, pan totado con jamón y un descafeinado”

¿Y el descanso? “Descanso ha habido poco. Siempre he andando mucho. A mi marido le llevaba todos los días el desayuno, el almuerzo y la merienda al campo. Todo el día dando viajes. También teníamos que ir a coger cántaros de agua a la plaza del pueblo porque aquí no había”.

Además de una alimentación sana, equilibrada y en pocas cantidades, y una vida activa, Zalea nos confiesa que no pone el telediario. “Yo no escucho el parte porque me pongo nerviosa. Eso de que si uno ha matado a otro no me gusta. Eso antes no se veía”.

Y es que sí, la vida ha cambiado y mucho. “A mí la vida moderna de ahora me encanta. El divorcio por ejemplo lo veo bien porque antes se tenía que aguantar todo. Hoy ya no se aguanta, no hay por qué. La juventud de ahora también es muy bonita. Me encanta cuando veo a las muchachas con sus collares, sus falditas y sus tacones, entrando y saliendo con tanta libertad. Hoy hay tanto que hacer y tanto que comer. Antes en la escuela merendábamos un cacho de pan mojao en agua. Me acuerdo que el día que hice la Comunión sí que probé un poquito de chocolate y una sola galleta, ya está”.

Su familia, su hijo, su nuera y sus nietos, se volcaban este pasado mes de enero para celebrar su cien cumpleaños por todo lo alto. “Me hicieron una fiesta sorpresa qué vamos, ni una boda tenía nada que ver. Nos reunimos todos y lo pasé muy bien. Estoy muy contenta con mi familia, con los mayores y con los chicos que me quieren mucho”.

Tesorillo también cuida a su ilustre vecina. “Cómo está el pueblo conmigo. Estoy muy contenta con la gente, con mis vecinos. Me han hecho ya varias entrevistas y también me llamaron para que diera una charla sobre mi vida. Todo el mundo me conoce. Aquí somos todos como una familia”.

Cada año su meta es subir dos escalones; uno el de volver a disfrutar de una nueva Noche Vieja y Año Nuevo, y otro, justo 14 días después, el de cumplir un año más, y ya van cien, cien y cuatro meses, con la salud, la vitalidad y el optimismo que le caracteriza y que sobre todo. contagia. Esta centenaria vecina se despide de nosotros con una frase que termina de conquistarnos: “Para cualquier cosa que necesitéis, ya sabéis donde estoy”. Gracias María. Aunque no lo sepas. Esta tarde ya has hecho mucho por nosotros.

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